Ficha Autor 

Tirso de Molina (o Gabriel Téllez) 

Gabriel Téllez (1579-1648), más conocido como Tirso de Molina, nació en Madrid, en el seno de la humilde familia de unos sirvientes del conde de Molina de Herrera. Se ha supuesto –parece que con poco fundamento– que pudo haber sido hijo natural del duque de Osuna, pero se tienen muy pocos datos sobre su infancia y éste es uno de los asuntos enigmáticos de su biografía (no demasiado estridente, por otra parte). Profesó como mercedario el 21 de enero de 1601 en el convento de Guadalajara; se ordenó sacerdote en 1606. Estudió Artes y Teología en la Universidad de Toledo, donde comenzó su actividad dramática utilizando –para proteger y respetar su imagen como predicador y confesor– el seudónimo de Tirso de Molina, que nunca usó en sus tareas llevadas a cabo en calidad de religioso. En 1614 se encontraba desterrado en Aragón, a causa tal vez de sus sátiras contra la nobleza; dos años después viajó para predicar a Santo Domingo, donde permaneció tres años. A su regreso vivió en Segovia y en Madrid, donde escribió las "profanas comedias" que le costaron un gran escándalo, pero le granjearon el respeto de sus colegas y grandes éxitos en los corrales: «El vergonzoso en Palacio, Don Gil de las calzas verdes, La villana de Vallecas»… Pero tuvo que renunciar a componer este tipo de comedias y dedicarse a obras más adecuadas a su condición de fraile. En 1632 se trasladó a Madrid al ser nombrado Cronista General de la Orden; redactó entonces la «Historia General»« de la Orden de la Merced. Pero nuevos problemas disciplinarios hicieron que fuera otra vez confinado al convento de Cuenca en 1640; en 1647 se trasladó al de Almazán, donde murió en febrero de 1648.» *** Aparte de algunos casos de censura concreta sobre algunas obras dramáticas suyas, el capítulo más relevante de la biografía y la trayectoria literaria de Tirso de Molina respecto a la censura teatral y la controversia sobre la licitud de las comedias es la prohibición de seguir escribiéndolas que sufrió en 1625, decretada por una Junta de Reformación que le castigo, además, con el destierro. Este episodio, que marca un antes y un después en la dramaturgia tirsiana, se produjo en las siguientes circunstancias: Tras la temprana muerte de Felipe III, su sucesor nombró para el gobierno a Baltasar de Zúñiga y a su sobrino, el Conde de Olivares, que quisieron regenerar la nación. Así fue como se creó la Junta de Reformación por Real cédula de 8 de abril de 1621, que debía investigar los problemas y proponer soluciones. Estaba formada por diez miembros: Presidente del Consejo de Castilla [Francisco de Contreras], Inquisidor General [y obispo de Cuenca, Andrés Pacheco], Ldo. Luis de Salcedo, Alonso de Cabrera, Dr. Álvaro de Villegas, Jerónimo Florencia, Fr. Francisco de Jesús y Jódar [asesor real en cuestiones inquisitoriales y de expurgación de libros], el Patriarca de las Indias, Rodrigo Niño y Fr. Antonio de Sotomayor [calificador del Santo Oficio y, lo que es más importante, confesor del monarca]. Prepararon y publicaron los «Capítulos de Reformación» en febrero de 1623. [Reyes Gómez, 2000: 295] Señala Francisco Florit (a quien pertenecen las precisiones sobre los cargos de algunos miembros que hemos añadido entre corchetes en la cita anterior) que esta Junta de Reformación, cuyo objetivo prioritario era acabar con la inmoralidad sexual imperante, "estaba compuesta por miembros destacados de la corte, controlada por el conde-duque de Olivares, algunos de ellos cercanos a Felipe IV, con notable poder dentro del gobierno y la mayoría pertenecientes a distintas órdenes religiosas" [1997: 85-86]. Estos religiosos mostraron su preocupación por los efectos perniciosos que podían tener las novelas y, sobre todo, las obras teatrales para el fomento del "pecado de deshonestidad y amancebamientos escandalosos" que la Junta pretendía combatir. "De sus cargos y curricula puede deducirse que no eran personas a las que podamos imaginarnos entusiasmadas [por el teatro] No parece, desde luego, que los severos miembros de la Junta se apasionaran con las comedias" [ibíd.]. El 24 de marzo de 1624 la Junta decidió prohibir que los religiosos acudieran a los corrales de comedias: "Que se remedie la ocurrencia de religiosos a las comedias y se avise a los prelados primero, diciendo que si no lo atajan se remediará con mucha nota suya; y si no lo hicieren, se encargue a un alcalde reconozca los aposentos y eche dél a los religiosos con la mayor cortesía y decencia que sea posible". El 29 de agosto de ese mismo año acordaron "que en otra junta se trate particularmente de lo tocante a la reformación de comedias, que tanto importa, y es tan grande el mal ejemplo y daño que causa la forma y frecuencia de ellas", asunto sobre el que se volvió el 6 de marzo de 1625: "Tratose también de los daños que se siguen de las comedias, así por la muchedumbre y frecuencia como por la mala forma con que se hacen en tanto perjuicio del ejemplo público; y quedó este punto para tratar y conferir más y acordar lo que conviene se consulte". Así que, en sesión celebrada el 8 de marzo de 1625, tomaron la siguiente decisión, cuyos efectos perduraron, como se sabe, hasta 1635: No se escriban comedias.- Hablóse que se representó a 1 de marzo con el señor Conde Duque, y pareció a S.E. que el Presidente, mi señor, y el Consejo, de su oficio, lo hiciesen, y que su Sª Ilma. lo podrá mandar así. Y porque se ha reconocido el daño de imprimir libros de comedias, novelas ni otros de este género, por el que blandamente hacen a las costumbres de la juventud, se consulte a S.M. ordene al Consejo que en ninguna manera se dé licencia para imprimirlos. [AHN, Consejos, leg. 7137, nº 13] "Eran, pues, aquellos años", añade Florit, "tiempos recios para los que defendían las comedias, para quienes las escribían, para quienes las representaban en los corrales" [ibíd.][1]. En cuanto al caso de Tirso de Molina, en esa misma sesión decidió la Junta de Reformación lo siguiente: Maestro Téllez, por otro nombre Tirso, que hace comedias.- Tratóse del escándalo que causa un fraile mercedario, que se llama el Maestro Téllez, por otro nombre Tirso, con comedias que hace profanas y de malos incentivos y ejemplos. Y por ser caso notorio se acordó que se consulte a S.M. mande que el Padre Confesor diga al Nuncio [tachado: le mande a su Provyal.] le eche de aquí a uno de los monasterios más remotos de su Religión y le imponga excomunión mayor latae sententiae para que no haga comedias ni otro ningún género de versos profanos. Y esto se haga luego. Florit señala que al margen se añadió "«Esto se consto.» Es decir, «se consultó»", y que "el asunto desde luego no era para tomarlo a broma" [ibíd.], pero no cree –y "sobre este punto parece que hay coincidencia en la crítica"– que Tirso fuera efectivamente desterrado ni sufriera pena de excomunión, porque es el caso que nuestro mercedario siguió escribiendo comedias con lo que, si el dictamen hubiera sido aprobado por el rey, Tirso habría sido objeto de excomunión, con lo que se le hubieran cerrado definitivamente las posibilidades de ascenso dentro de la orden mercedaria. La hipótesis más verosímil es que el propio Felipe IV, el único con poder para hacerlo, paró el proceso. Lo que no queda claro es si lo hizo de motu propio o aconsejado por otros. [1997: 87][2] Varias cosas sí quedan claras, en todo caso: que muy poco después Tirso se marchó de Madrid y se instaló en Sevilla (para "calmar a sus enemigos con un destierro simulado"), que el hecho de "que no se ejecutara el acuerdo no quiere decir que Tirso no fuera una figura incómoda tanto para el régimen de Olivares como para algunos correligionarios suyos" y que "a partir del expediente de la Junta, Tirso es acosado desde diferentes frentes, y ese acoso vivamente sentido por él va a tener unas consecuencias en su trayectoria literaria muy claras" [Florit, 1997: 88-89]. Sin embargo, "parece que Tirso no había escarmentado", dice Florit, puesto que años después, en septiembre de 1640, fue confinado en el monasterio de Cuenca tras la inspección que hizo el Visitador General, fray Marcos Salmerón, al convento de Madrid, y de la que levantó acta, ordenando que los religiosos, en sus celdas, "no tengan libros profanos de comedias y de poesías" y "no vean las comedias en los teatros", y prohibiendo "a todos y a cada uno de los religiosos deste dicho convento, no escriba […] contra el gobierno público ni contra otras personas", en referencia a las críticas contra el gobierno de Olivares que Tirso acababa de escribir en su «Historia General de la Orden de la Merced» [Penedo, 1949: 86-87]. En su análisis de la trayectoria literaria de Tirso a partir del expediente abierto por la Junta de Reformación, observa Florit que "lo ocurrido en 1625 y en 1640 muestra bien a las claras que el mercedario fue objeto de persecución por motivos morales y políticos" [1997: 89]. Y que aprovechó varias ocasiones para quejarse: "belicosa anda la envidia contra la pluma, y más con la mía", dijo en la #Parte«» primera« de sus comedias (1627); de "persecuciones envidiosas" habló en la »Tercera« (1634)… Pero al fin, los hechos objetivos demuestran concluyentemente que hubo de rendirse: aunque "Tirso nunca renunció a su condición de comediógrafo", advierte Florit ("no sostengo que Tirso tuviera su camino de Damasco, que tras caerse de un metafórico caballo dejara de ser Tirso para convertirse en fray Gabriel Téllez" [1997: 90]), lo cierto es que desde 1626 hasta el año de su muerte, 1648, sólo contamos con cinco piezas teatrales (y su última comedia la escribió en 1638, »Las quinas de Portugal«): "A partir de 1626 espacia su producción teatral, ocupa cargos de relieve en la Merced y se entrega a la redacción de […] piezas más acordes con su condición de fraile", cambio "de tono y de intención" debido "al aviso dado por la Junta" y a "su propia trayectoria dentro de la orden" [Florit, 1997: 91-92]. Además, ese puñado de comedias fueron escritas por encargo de instituciones o personas (el rico regidor Juan Fernández, los descendientes de los Pizarro), y no para ser representadas en los corrales, "sino en otro espacio escénico" de tipo privado (la casa de algún noble o alto burgués) o religioso ("una plaza con iglesia al fondo"), y en algún caso como funciones "particulares". Se puede encontrar a veces en alguna de ellas al Tirso más genuino, el de los disfraces, las audacias inmorales, las procacidades y el léxico erótico, incluso, en una obra de 1626, "cierta crítica a la situación política que atravesaba España". Pero las comedias del mercedario a partir de ese año, escritas sólo "cuando se lo piden", indiscutiblemente discurren ya por "sendas diferentes a las transitadas por el Tirso que más fama ha cobrado a lo largo de los siglos, el Tirso creador de enredados y admirables mundos cómicos" [Florit, 1997: 100]. [1] Más adelante, "la Junta se ocupó de la reforma del teatro, proponiendo al monarca el 11 de enero de 1626, que »ya que totalmente (como conviniera) no se quitan las comedias, y con ellas la ocasión de tantos daños (que sin duda lo son de muchos y graves)« hubiera solo una compañía en la Corte y se representara en un solo corral" [Reyes Gómez, 2000: 295]. [2] Luis Vázquez cree, al faltar en el manuscrito una fórmula que exhortara a la ejecución del destierro o la constatara, que "se consultó, pero no debió llevarse a cabo, al menos tal cual se pedía. En otros casos, días después, se dice »Hízose«, o »Estáse con cuidado esta diligencia«, »Esto se trate de remediar eficazmente#" [1996: 29].